Colección: Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)
Número: 1-4
Título: 1996
Orígenes ¿En qué legado se asienta esta expresión discursiva?
Algunos de estos relatos se vinculan a la tradición oral, recogiendo sus temas
del folklore o la leyenda; otros son reelaboraciones de historias ya fijadas
en textos clásicos, con los cuales establecen una relación inter-textual;
y otros basan su asunto en anécdotas, casos o sucedidos de la experiencia
contemporánea, propuestos como un universo imaginario de significación autosuficiente.
En el capítulo sobre la Génesis del cuento, de su libro Teoría
del cuento (1979), Enrique Anderson-Imbert señala que el origen de las
formas breves puede rastrearse en los inicios de la literatura, hace ya cuatro
mil años (en textos sumerios y egipcios), como relatos intercalados, y que
luego se van perfilando en la literatura griega (Herodoto, Luciano de Samotracia),
como digresiones imaginarias con una unidad de sentido relativamente autónoma.
El autor destaca, como función originaria, esa situación de textos enmarcados
en un discurso mayor, generalmente en forma de diálogos, y su función digresiva,
destinada a desviar al oyente del discurso central de las situaciones expuestas
en esos diálogos para reactivar o dosificar su atención con la inclusión oportuna
de hechos sorprendentes, in-habituales o extraordinarios5
.
Pero es en la Edad Media cuando empiezan a discernirse, en las expresiones
narrativas, formas diferenciadas de ficción breve, especialmente en la literatura
didáctica. Además de las expresiones de la tradición oral y popular como las
leyendas, los mitos, las adivinanzas, el caso o la fábula, en que interesa
más el asunto que su formalización discursiva, surgen modos de discurso que
se articulan en estatutos genéricos ya decantados en la tradición letrada,
como la alegoría, el apólogo o la parábola. La fuente canónica estaba prescrita
generalmente en los textos religiosos. Estas expresiones literarias se diferencian
generalmente de las formas simples (estudiadas y catalogadas por
André Jolles en su libro Einfache Formen, 1930), pues codifican estructuras
narrativas con una función mimético-representativa ya diferenciada. No es
azaroso que la indagación por los orígenes del cuento literario suela extenderse
hasta esos siglos de comprensión todavía incipiente: esa Edad Media no sólo
incuba muchas de las expresiones precursoras de la literatura tal como la
entendemos hoy, sino las proposiciones estéticas sobre la diferenciación de
los géneros (fundamentalmente a través de la revaloración de la Poética
aristotélica)6
.
En el cuento breve hispanoamericano se detectan relaciones dialogantes tanto
con la tradición oral o folklórica como con la tradición culta
(un término más apropiado es llamarla libresca), que se remonta
a esa época7
.
En el primer caso, una línea narrativa que es importante destacar es la que
basa sus asuntos en la experiencia colectiva que se trasmite oralmente, sea
como sucedido o como anécdota, y que el autor recoge
como una situación de por sí significativa, formalizando sus líneas esenciales.
Son textos que buscan plasmar a la vez la frescura coloquial del lenguaje
de una comunidad y sus claves culturales. El narrador es sólo una figura intermediaria
que oye y transcribe una historia cuya autoría se adjudica a la comunidad.
Dos de los más importantes escritores chicanos, Tomás Rivera y Rolando Hinojosa,
incluyen en sus libros breves relatos intercalados que provienen de la tradición
oral de la extensa población inmigrante proveniente de México, de origen predominantemente
campesino. Para los escritores chicanos que se identifican con esa tradición
de substrato oral (cuentos, corridos y otros), este legado constituye
la fuente básica de su obra creativa. La perspectiva de estas obras es en
cierta medida similar a la que orienta los textos, tan vinculados a la cultura
Maya, de Miguel Ángel Asturias: formalizar la experiencia y los sueños colectivos,
ser un portavoz de la gran lengua de la tribu.
Otros autores hispanoamericanos elaboran asuntos que pueden identificarse
originariamente como casos, anécdotas e incluso chistes.
Las fronteras entre lo real y lo imaginario son siempre ambiguas, pero lo
que en estos casos valida literariamente los textos es la carga de experiencia
significativa que condensan. Convertir un acontecimiento real en hecho literario
es un reto que sólo puede resolver satisfactoriamente el escritor talentoso,
aquel capaz de unir en su escritura la contingencia de la experiencia narrada
con su significación autosuficiente. O dicho en referencia a dos modalidades
de discurso que suelen polarizarse: buscando la relación dialéctica entre
el testimonio (la relación particularizada de los hechos desde la perspectiva
del testigo presencial) y la alegoría (la abstracción esencialista de una
versión de la realidad).
En la línea de relatos breves que establecen una relación inter-textual con
la tradición clásica destacan las reelaboraciones de mitos e historias famosas
y la predilección por la fábula como modalidad narrativa de renovada
eficacia. Esta última forma canaliza usualmente una visión satírica de la
sociedad, y las razones de esta preferencia en Hispanoamérica son obvias.
Entre estos nuevos fabulistas sobresalen Juan José Arreola, Marco
Denevi y Augusto Monterroso. Se trata de escritores que han explorado con
talento e ingenio diversas modalidades del discurso ficticio: fábulas, parodias
(tanto de géneros como de historias clásicas), alegorías y relatos satíricos
no asociados a la sátira tradicional.
El escritor guatemalteco Augusto Monterroso une con habilidad las dos fuentes
más recurrentes del cuento brevísimo: la tradición oral y la libresca. La
configuración narrativa, y el verosímil que le permite establecer una relación
dialógica entre formas social y estilísticamente diferenciadas del discurso,
es la creación de un pueblo imaginario, San Blas, con sus lugares de reunión
(el bar El Fénix), su periódico oficial (El Heraldo)
y una gama de personajes que van desde trabajadores anónimos hasta empalagosos
críticos de arte y literatura. El narrador es un cronista que va reuniendo
(y fijando literariamente) los variados discursos que proliferan en la comunidad
(desde los dichos y aforismos hasta las historias que han acaecido en el pueblo).
La aparente ausencia de una voz autorial contribuye a crear una ilusión de
inmediatez frente a lo narrado, diversificando las perspectivas y los registros
expresivos de una comunidad que expresa metafóricamente la realidad del mundo
latinoamericano actual. Ese caleidoscopio narrativo está formado, en rigor,
por una serie de cuentos cortos hilvanados por la prolífica imaginación de
un autor para quien el mundo es una ficción de por sí ejemplar, que no necesita
clasificaciones genéricas.
Hay otros relatos que pueden filiarse a códigos discursivos contemporáneos,
como las greguerías, las nuevas expresiones de agudeza
o a exploraciones vanguardistas deudoras de la anti-poesía: propuestas de
anti-relatos8
.
Finalmente, están aquellos textos que, sin establecer vínculos con modelos
genéricos o temas ya decantados por la tradición, presentan en pocas líneas
un inquietante universo de sentido en que se reconoce como expresión original
de un cuento literario.

