Colección: Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)
Número: 1-4
Título: 1996
Mi destino es cruel
Me detengo ahora en un grupo de textos que reescriben otros distantes en el
tiempo. Tomo uno que data de 1952 y aparece en la primera versión de Confabulario:
Los alimentos terrestres. Me interesa destacar el especial empleo
que se hace del intertexto. La pieza comienza con comillas que se cierran
al finalizar el cuerpo de la misma. Está compuesta de fragmentos de cartas
escritas en primera persona. Repite cincuenta y tres veces en tres páginas
y media (unas ochocientos cincuenta palabras), el mismo esquema: carencia
pedido de reparación, reparación agradecimiento. El recurso se
inscribe dentro de lo que Gerard Genette18
llama frecuencia narrativa, es decir, es una repetición anafórica
o icónica: se muestra n veces lo que aconteció n veces.
Toda la pieza nos hace pensar en los cuentos infantiles de nunca acabar; aquí
no hay un narrador, aparece en su lugar un compilador y editor del texto figura
virtual que hay que deducir.
La figura del peticionante va creciendo, o menguando, según desde dónde se
lo considere: pedido, ruego, súplica, y cuando se cumple con lo requerido,
servilismo: Cuanto a lo que Vuestra merced me ofrece de no desampararme
en los alimentos, le beso las manos tantas veces como ellas contienen de maravedís...
(C. 122). Cuento de nunca acabar, este texto tiene un final: la identificación
del redactor de las cartas y de la fuente de donde se extrajeron: Don Luis
de Góngora y Argote, Epistolario. El título original aparece desplazado,
reposicionado: sitio de la pertenencia y de la rúbrica, espacio de propiedad
que se vuelve referencia. Lo aparente es que se ha hecho una selección sin
tocar nada en el material, pero la elisión del contexto donde se inscriben
los fragmentos, el corte y el espacio en blanco organizan una lectura otra;
arman un nuevo significado y desplazan la cuestión de la autoría y de la autoridad
en el texto.
La indicación al pie vale como desenlace: profunda ironía, carcajada dolorosa
que reúne el origen del texto con su título19
: Los alimentos terrestres, versión española del título de la
obra de André Gide: Les nourritures terrestres (1897)20.
Allí aparece un epígrafe tomado de El Corán, II, 23: He aquí los frutos
con que nos alimentamos en la tierra. Este juego múltiple de intertextualidades
que se desplazan y arman un contexto distinto, llega a desdecir lo que en
el contexto primario significaban y establece un juego de espejos. Entre lo
que dice el texto y lo que se dice del texto al reorganizar los materiales
se instala el abismo. Contorno difuso del cuento que no termina de concretarse
allí, en el lugar patente de la escritura; texto latente que obliga al repaso
de la biblioteca.
Por otra parte, el texto tematiza la imagen social del escritor: las figuras
del barroco fueron recuperadas por las vanguardias latinoamericanas y Góngora
constituye la doble imagen del poeta superior sujeto a las contingencias de
lo inmediato: frente al concepto de autor se contrapone la imagen del sujeto
histórico cuyas peripecias vitales condicionan el espacio de la indigencia.
Trabajo similar se realiza en Epitafio21
( C. 107-108) texto que data de 1950 Arreola repite el procedimiento:
nos muestra la vida real (no literaria) de un autor. El texto no menciona
el nombre del personaje cuya vida se repasa. Sobre el lector se produce la
inquietud acerca de la identidad del biografiado: nuevamente el título establece
las pistas para desentrañar el enigma. Allí y en la repetición de las frases
Nació en un tiempo malo y Vivió en un tiempo malo.
Rogad a Dios por él : ¿Por quién debe el lector pronunciar esta
plegaria sin nombre? Esta pregunta sin respuesta se instala en la mente del
lector.
Entre el título y la repetición se convocan las palabras de otro epitafio:
Lépitaphe Villon: Mais priez Dieu que tous nous veuille
absouldre. Este epitafio en forma de balada, lo hizo Villon para él
y sus compañeros cuando iban a ser ahorcados finalmente él fue absuelto.
Por otra parte, un epitafio no es más que una inscripción sobre una sepultura,
y normalmente los epitafios no se dedican a mostrar lo más bajo del personaje
sepultado ni a justificar sus faltas. Pero Arreola con su Epitafio
reproduce el tono del de Villon, que pide a sus hermanos mortales que no sean
duros y que ruegen a Dios por ellos (los ahorcados). Aquí el Epitafio
de Villon opera como piedra liminar, como modelo fundante desde donde se erige
el edificio del texto arreolano.
Villon era escritor y aventurero, se desconoce la fecha exacta de su desaparición,
aunque se sabe con certeza que nació en 1431, como dice el Epitafio:
Cuando el resplandor de la hoguera de Juana de Arco alumbraba rostros
aterrorizados. Se le dedican muy pocas palabras a su obra, importa más
él y su tiempo, él en su tiempo: rodó siempre de miseria en mísera.
Conoció el invierno sin fuego, la cárcel sin amigos, y el hambre pavorosa
en los caminos de Francia (C. 108).
Estos dos textos que venimos de repasar muestran una actitud coincidente:
se muestra al artista del costado más humano y más abyecto y la lengua se
amolda y se traviste del habla del personaje tratado. Este mimetismo condensa
la capacidad expresiva y amplía los horizontes de lectura: porque si bien
el texto es contemporáneo, sus materiales están elegidos de épocas muy distantes,
suenan anacrónicos. Tanto la selección de la forma que lo aproxima a la balada,
como la textura lingüística descentran al texto de su época y de su modo de
producción, a la vez que nos proponen el enigma del sujeto al que se canta,
el lector debe reorganizar los datos: hay una concepción de escritura y de
lectura como armado, escritura que se acerca al enigma.
Otro texto sobre el que deseo detenerme es El lay de Aristóteles.
Se sirve de una pieza del mismo nombre, Lai dAristotle (1225-1230?),
del poeta normando Henri DAndeli. Compuesto en forma de rondeles22,
el poema explota el topos del sabio deshonrado por la perversidad de una mujer
y reposa sobre una fábula escolar de origen oriental. Se refiere a un episodio
en que el sabio, luego de haber reprendido a su alumno, Alejandro Magno, por
su debilidad con Filis, se deja seducir por ella hasta el punto de permitirle
que lo cabalgue enjaezado como un caballo. Desde lo alto, lo contempla el
discípulo23.
Este tópico sirve a Arreola para ilustrar una concepción sobre la Armonía:
Pero una noche Aristóteles soñó que caminaba en la hierba a cuatro pies, bajo la primavera griega, y que la musa cabalgaba sobre él. Y al día siguiente escribió al comienzo de su manuscrito estas palabras: Mis versos son torpes y desgarbados como el paso del asno. Pero sobre ellos cabalga la Armonía (C. 118).Quiero destacar en los tres últimos textos que acabamos de revisar la tematización de la cuestión del artista y el desplazamiento de las consideraciones estéticas hacia actitudes de vida, la recuperación de usos del lenguaje y modos de escritura aparentemente en desuso: escritura como lectura de otros textos, armado de una biblioteca subtextual que envía señales hacia un lector que pueda advertirlas y recuperarlas, que pueda compartir el acto de la producción textual: escritura y lectura como co-fabulación, o confabulación para recuperar lo que evidentemente sugiere el título del libro arreolano. Por otra parte, se advierte la voluntad sistemática de liberar a los textos de las fronteras genéricas entre prosa y poesía, entre cuento y canto: la escritura arreolana hipersatura las normas establecidas, los modos de representación y deconstruye textos de la literatura universal reorganizando versiones inesperadas.
Es evidente que la imagen social del escritor que de algún modo se historiza en estos textos está destinada al desguasamiento del busto, al desmembramiento de la estatua: Góngora, consagrado en vida, y sometido a la sobrevivencia; Villon, desgraciado en la vida y en la muerte; Aristóteles, hundido en un cono de sombra durante la Edad Media, y recuperado como leyenda. Si sus escrituras los justifican en el campo del Arte, su vidas y sus luchas los humanizan. El modelo de mundo que se desprende de tal literatura esconde una concepción de arte que se vuelve posibilidad última de recupero del hombre. Pero aún así, la historia muestra que el arte no necesariamente salva a los individuos.

