Colección: Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)
Número: 1-4
Título: 1996
4. Obras Abiertas
La obra de arte posmoderna exige la participación activa del receptor en el
desentrañamiento de su significado. Por admitir múltiples lecturas resulta
inasequible a un público mayoritario. En ella abundan las trampas y los sobreentendidos,
por lo que va dirigida a una minoría de individuos imaginativos y cultos,
con un bagaje cultural paralelo al del artista. Los autores posmodernos no
comparten la obsesión de sus predecesores por el orden y la coherencia, y
no sienten necesidad de explicar sus alusiones. Este rasgo se percibe nuevamente
como una de las características fundamentales del micro-relato. Como señala
David William Foster, although the microtext may describe a situation
or tell a parablelike story, the significance of what is grouped together
depends on the readers need to discover symbolic meaning (Foster:
24). La alegoría, un modo oblicuo de expresión que recurre a imágenes de la
tradición para disfrazar nuevos mensajes, es fundamental en esta nueva categoría,
que de este modo se vincula una vez más al pensamiento posmoderno11
. La revitalización de formatos tradicionalmente alegóricos como la fábula,
el apólogo o el bestiario lo atestigua. La Oveja Negra de Monterroso
ofrece un buen ejemplo de la vigencia de la alegoría en el microtexto:
En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra.El final sorprendente e ingenioso es recurrente en una modalidad textual que vence al lector por K.O. Apocalipsis de Denevi refleja este rasgo:
Fue fusilada.Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura (Monterroso 1991: 23).
La extinción de la raza de los hombres se sitúa aproximadamente a fines del siglo XXXII. La cosa ocurrió así: las máquinas habían alcanzado tal perfección que los hombres ya no necesitaban comer, ni dormir, ni leer, ni hablar, ni escribir, ni hacer el amor, ni siquiera pensar. Les bastaba apretar botones y las máquinas lo hacían todo por ellos. Gradualmente fueron desapareciendo las biblias, los Leonardo da Vinci, las mesas y los sillones, las rosas, los discos con las nueve sinfonías de Beethoven, las tiendas de antigüedades, el vino de Burdeos, las oropéndolas, los tapices flamencos, todo Verdi, las azaleas, el palacio de Versalles. Sólo había máquinas. Después los hombres empezaron a notar que ellos mismos iban desapareciendo gradualmente, y que en cambio las máquinas se multiplicaban. Bastó poco tiempo para que el número de los hombres quedase reducido a la mitad y el de las máquinas aumentase el doble. Las máquinas terminaron por ocupar todo el espacio disponible. Nadie podía moverse sin tropezar con una de ellas. Finalmente los hombres desaparecieron. Como el último se olvidó de desconectar las máquinas, desde entonces seguimos funcionando (Denevi 1965: 9).

