<<Biblioteca Digital del Portal<<Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)<<Revista Interamericana de Bibliografía (RIB) 1998, No. I
Colección: Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)
Número: 1
Título: 1998
Nicolás ROSA. La lengua del ausente. Buenos Aires:
Editorial Biblos, 1997. 173 p.
Seguir el pensamiento crítico de Nicolás Rosa2 es seguir los derroteros de un pensamiento móvil e itinerante por antonomasia, que sabe prescindir de las mediaciones abstractas entre fragmento y continuidad y que, por otro lado, se inscribe como borramiento y des-lectura (olvido) de las usuales convenciones de filiación o parentesco. Si admitimos la bipartición o disyunción entre lecturas cronológicas y lecturas genealógicas, la trans-textualidad que preferimos rubricar con el nombre propio de Rosa, vuelve posible la reaparición, en 1997, de marcas y surcos que ya se prefiguraban en 1992 con Artefacto. Por prefiguración no entedemos aquí el privilegio cedido a la garantía o el privilegio de una causa primera o de un fundamento que habría que extraer de una mesa crítica de enunciados, siguiendo un orden lineal o secuencial; más bien lo que acontece lo que afirma en toda su potencia el trabajo de Rosa son los efectos de la repetición y el desplazamiento de dos operaciones simultáneas: la lectura y la escritura. De esta forma el trabajo crítico produce un viraje radical o una modificación de los tiempos de lectura que depositan en el pasado la certeza y la garantía epistemológica. No se trata entonces, de leer La lengua del ausente como desprendimiento secuencial de una serie de cuestiones que ya estaban insinuadas en El arte del olvido (1990) o en Artefacto (1992), sino que en la serie de intersticios e intervalos que atraviesa el mapa textual de La lengua del ausente (1997) se vislumbra una trama secreta opaca y cegadora que ya habíamos leído de forma anticipatoria en 1992.
Rosa despliega su escritura como materialización de un pensamiento migratorio y rizomático; conceptos y nódulos que proliferan y se esparcen en infinitos trazos y raíces, promoviendo una gramática del intersticio. Esa sintaxis y lógica de la letra escrita deja vislumbrar los derroteros paradójicos entre la completud y la incompletud, entre el continuum y la discontinuidad. Por eso, el desequilibrio o el disloque que produce como efecto la escritura no es otra cosa que el reconocimiento de la nomadización de un pensamiento crítico que deroga la sedentarización de las lenguas y subvierte la estabilidad fija de las fronteras. Es en el encuentro intersticial de saberes poesía, prosa o aforismo, donde Rosa encuentra una topología alucinante que en su decurso niega la hegemonía de la determinación y la causa primera. Ese deslizamiento del discurso, que tiende a disolver las coordenadas de interior/exterior y las formaciones jerárquicas, se engendra como pliegue que redistribuye la construcción y legalidad de lo real. Esa suerte de road movie es por un lado, un modo de referir o imaginar los trayectos lábiles del discurso contemporáneo las temporalidades de la lectura, la incondición transmoderna, la pobreza como imposibilidad narrativa, la doble vida del sujeto autobiográfico o la gauchesca como acto político transgresivo y por otro, una manera de nombrar y promover la travesía sobre el orden evanescente de lo simbólico. La topología textual presta sus figuraciones manuales, táctiles y corpóreas, concomitante al viaje e ineludiblemente al fragmento. Y si pensamos el fragmento como el acto que engendra el efecto gradual de lo súbito y lo repentino, ese instante paradójico de desacomodo y desconcierto cumple el rito de guardar los restos frágiles del murmullo cuando comienza a desfallecer la escritura. Cuando Rosa habla de fragmento escribiéndolo urde una trama mediante el juego relacional de categorías que tienden a abarcar fenómenos de conjunto, en torno a una preocupación central, la del vínculo siempre problemático entre el lenguaje, la escritura y lo real. Así se prepara el territorio para cruzar las nociones de síntoma, superficie, serie, pliegue y lo fractal.
El síntoma convoca por un lado, a las lecturas que desestiman la propiedad del sentido, pervirtiendo la mirada que se aloja previsiblemente en los lugares de lo manifiesto y lo latente; pero por otro lado, también perturba la temporalidad de las lecturas cronológicas que no admiten las precedencias persistentes de las figuraciones, o el retorno de lo ausente desde la forma de réplicas itinerantes. En este sentido, la mímica de la repetición en la escritura borrará el nombre del padre apelando al automatismo y al azar. Así, los nombres ancestrales solicitan el desvío y el desplazamiento. Ahí es donde se vertebra una heráldica como copia y polémica, como don de calco y expoliación. La textura o tejido textual deja vislumbrar el repertorio sémico de la versión, las rutas y las vías torcidas y quebradas de una legitimación escandalosa: la reversión y por momentos la adversión finga la escena de los replicantes de Blade Runner. La cuestión del síntoma repone entonces el saber inconsciente del acto de leer, disolviendo el recuerdo textual e implicando la genealogía de la escritura mediante el olvido de las relaciones de propiedad.
Cuando en la travesía se reconocen sendas plagadas de índices y efectos intersemióticos, marcas y cicatrices que surgen y reaparecen sobre la superficie textual, transcurso y acontecimiento se reúnen en un dispositivo territorial: el viaje o el itinerario se transmuta en un viaje geológico lleno de cráteres y rugocidades.
En la segunda parte del texto, Rosa reintroduce una serie de protocolos y problemáticas de la crítica contemporánea provocando el escándalo: lee la falta o lo no dicho y articula los relatos ausentes de la literatura argentina. Si con Castelnuovo enuncia la imposibilidad semiótica de la pobreza (no es computable porque no habría palabras para contarla) y descubre la ley del relato del miserabilismo de Boedo, o con Luis Gusmán desnuda el desafío antropológico de la historia de vida, los procesos de desdoblamiento y gemelización del sujeto autobiográfico, con la gauchesca repone el polemo político y la guerra de lenguajes; y atrapado por el sex appeal gauchesco, recorre el mapa textual siempre abierto y futuro de hijos, nietos y tataranietos.
Bordes, límites y fronteras móviles. El viaje que inaugura Rosa es un viaje hacia los confines de la literatura, un viaje errático e itinerante que circula por todas partes.
Universidad Nacional del Mar del Plata NANCY FERNÁNDEZ DELLA BARCA Y EDGARDO H.BERG
Mar del Plata, Argentina
2. Crítico rosarino y doctor en Letras por la Universidad de Montreal, ha publicado numerosos artículos críticos en revistas nacionales e internacionales. Entre sus libros se destacan Crítica y significación (1970), Léxico de lingüística y semiótica (1979), Los fulgores del simulacro (1987), El arte del olvido (1990), Artefacto (1992) y Tratados sobre Néstor Perlougher (1997).
Seguir el pensamiento crítico de Nicolás Rosa2 es seguir los derroteros de un pensamiento móvil e itinerante por antonomasia, que sabe prescindir de las mediaciones abstractas entre fragmento y continuidad y que, por otro lado, se inscribe como borramiento y des-lectura (olvido) de las usuales convenciones de filiación o parentesco. Si admitimos la bipartición o disyunción entre lecturas cronológicas y lecturas genealógicas, la trans-textualidad que preferimos rubricar con el nombre propio de Rosa, vuelve posible la reaparición, en 1997, de marcas y surcos que ya se prefiguraban en 1992 con Artefacto. Por prefiguración no entedemos aquí el privilegio cedido a la garantía o el privilegio de una causa primera o de un fundamento que habría que extraer de una mesa crítica de enunciados, siguiendo un orden lineal o secuencial; más bien lo que acontece lo que afirma en toda su potencia el trabajo de Rosa son los efectos de la repetición y el desplazamiento de dos operaciones simultáneas: la lectura y la escritura. De esta forma el trabajo crítico produce un viraje radical o una modificación de los tiempos de lectura que depositan en el pasado la certeza y la garantía epistemológica. No se trata entonces, de leer La lengua del ausente como desprendimiento secuencial de una serie de cuestiones que ya estaban insinuadas en El arte del olvido (1990) o en Artefacto (1992), sino que en la serie de intersticios e intervalos que atraviesa el mapa textual de La lengua del ausente (1997) se vislumbra una trama secreta opaca y cegadora que ya habíamos leído de forma anticipatoria en 1992.
Rosa despliega su escritura como materialización de un pensamiento migratorio y rizomático; conceptos y nódulos que proliferan y se esparcen en infinitos trazos y raíces, promoviendo una gramática del intersticio. Esa sintaxis y lógica de la letra escrita deja vislumbrar los derroteros paradójicos entre la completud y la incompletud, entre el continuum y la discontinuidad. Por eso, el desequilibrio o el disloque que produce como efecto la escritura no es otra cosa que el reconocimiento de la nomadización de un pensamiento crítico que deroga la sedentarización de las lenguas y subvierte la estabilidad fija de las fronteras. Es en el encuentro intersticial de saberes poesía, prosa o aforismo, donde Rosa encuentra una topología alucinante que en su decurso niega la hegemonía de la determinación y la causa primera. Ese deslizamiento del discurso, que tiende a disolver las coordenadas de interior/exterior y las formaciones jerárquicas, se engendra como pliegue que redistribuye la construcción y legalidad de lo real. Esa suerte de road movie es por un lado, un modo de referir o imaginar los trayectos lábiles del discurso contemporáneo las temporalidades de la lectura, la incondición transmoderna, la pobreza como imposibilidad narrativa, la doble vida del sujeto autobiográfico o la gauchesca como acto político transgresivo y por otro, una manera de nombrar y promover la travesía sobre el orden evanescente de lo simbólico. La topología textual presta sus figuraciones manuales, táctiles y corpóreas, concomitante al viaje e ineludiblemente al fragmento. Y si pensamos el fragmento como el acto que engendra el efecto gradual de lo súbito y lo repentino, ese instante paradójico de desacomodo y desconcierto cumple el rito de guardar los restos frágiles del murmullo cuando comienza a desfallecer la escritura. Cuando Rosa habla de fragmento escribiéndolo urde una trama mediante el juego relacional de categorías que tienden a abarcar fenómenos de conjunto, en torno a una preocupación central, la del vínculo siempre problemático entre el lenguaje, la escritura y lo real. Así se prepara el territorio para cruzar las nociones de síntoma, superficie, serie, pliegue y lo fractal.
El síntoma convoca por un lado, a las lecturas que desestiman la propiedad del sentido, pervirtiendo la mirada que se aloja previsiblemente en los lugares de lo manifiesto y lo latente; pero por otro lado, también perturba la temporalidad de las lecturas cronológicas que no admiten las precedencias persistentes de las figuraciones, o el retorno de lo ausente desde la forma de réplicas itinerantes. En este sentido, la mímica de la repetición en la escritura borrará el nombre del padre apelando al automatismo y al azar. Así, los nombres ancestrales solicitan el desvío y el desplazamiento. Ahí es donde se vertebra una heráldica como copia y polémica, como don de calco y expoliación. La textura o tejido textual deja vislumbrar el repertorio sémico de la versión, las rutas y las vías torcidas y quebradas de una legitimación escandalosa: la reversión y por momentos la adversión finga la escena de los replicantes de Blade Runner. La cuestión del síntoma repone entonces el saber inconsciente del acto de leer, disolviendo el recuerdo textual e implicando la genealogía de la escritura mediante el olvido de las relaciones de propiedad.
Cuando en la travesía se reconocen sendas plagadas de índices y efectos intersemióticos, marcas y cicatrices que surgen y reaparecen sobre la superficie textual, transcurso y acontecimiento se reúnen en un dispositivo territorial: el viaje o el itinerario se transmuta en un viaje geológico lleno de cráteres y rugocidades.
En la segunda parte del texto, Rosa reintroduce una serie de protocolos y problemáticas de la crítica contemporánea provocando el escándalo: lee la falta o lo no dicho y articula los relatos ausentes de la literatura argentina. Si con Castelnuovo enuncia la imposibilidad semiótica de la pobreza (no es computable porque no habría palabras para contarla) y descubre la ley del relato del miserabilismo de Boedo, o con Luis Gusmán desnuda el desafío antropológico de la historia de vida, los procesos de desdoblamiento y gemelización del sujeto autobiográfico, con la gauchesca repone el polemo político y la guerra de lenguajes; y atrapado por el sex appeal gauchesco, recorre el mapa textual siempre abierto y futuro de hijos, nietos y tataranietos.
Bordes, límites y fronteras móviles. El viaje que inaugura Rosa es un viaje hacia los confines de la literatura, un viaje errático e itinerante que circula por todas partes.
Universidad Nacional del Mar del Plata NANCY FERNÁNDEZ DELLA BARCA Y EDGARDO H.BERG
Mar del Plata, Argentina
2. Crítico rosarino y doctor en Letras por la Universidad de Montreal, ha publicado numerosos artículos críticos en revistas nacionales e internacionales. Entre sus libros se destacan Crítica y significación (1970), Léxico de lingüística y semiótica (1979), Los fulgores del simulacro (1987), El arte del olvido (1990), Artefacto (1992) y Tratados sobre Néstor Perlougher (1997).

