Colección: Revista Interamericana de Bibliografía (RIB)
Número: 2
Título: 1998
INTRODUCCION
Analizar los procesos de cambio cultural en relación al cambio ideológico-político
durante la transición democrática argentina supone identificar en la densa
trama de discursos y prácticas culturales los modos en los que se resuelve
la transformación de la vieja matriz cultural y se configuran los paradigmas
de la nueva. Este entramado tiene extensos vasos comunicantes con variables
que, puestas en relación, conforman un núcleo de problemáticas que definen
la agenda del cambio. El lapso elegido para nuestro estudio (1981-1987) excede,
en realidad, lo estrictamente considerado como período de transición política,
ya que la asunción del gobierno democrático se produce en diciembre de 1983.
Desde el punto de vista formal, dicho proceso acabaría en esta última fecha
y daría paso a un período de consolidación o democratización.
Sin embargo, no resultaría arbitrario tomar el concepto de transición en sentido
más amplio si se consideran las peculiaridades del caso argentino, porque
los problemas de la democratización comienzan a manifestarse en toda su complejidad
recién a partir de diciembre de 1983.1
Las fechas elegidas abarcan los tres últimos años de la dictadura militar
y los cuatro primeros del gobierno radical de Raúl Alfonsín. El recorte temporal
está hecho precisamente con la intención de captar el momento de emergencia
de la problemática en torno a un orden político de cuño democrático, que es
previo al período pre-electoral, y los momentos de efectiva constitución del
nuevo entramado político, social y cultural producido en torno al nuevo orden,
que son coetáneos pero también posteriores a la asunción del gobierno democrático.
Estas dos dimensiones, la transición democrática y el cambio cultural, se
densifican si se ponen en relación con el sistema de recolocaciones generadas
en el campo intelectual argentino del momento, especialmente en el sector
del peronismo y la izquierda. El cruce de estas tres dimensiones nos permite
dar cuenta de una problemática, de un conjunto de cuestiones presentes
en forma articulada, respecto de las cuales los distintos sectores del campo
deben tomar una posición; una problemática que recorre un campo fracturado
por la represión y el exilio y que busca formas de recomposición y reorganización
de sus componentes. El lugar la fuente donde buscamos estos movimientos
y recolocaciones es el periodismo cultural argentino del período porque en
él es posible verificar la emergencia temprana de la problemática de la transición
dentro del campo así como su efectiva manifestación. En revistas y suplementos
culturales, los escritores argentinos dejaron la marca de la redefinición
de su identidad ideológico-estética: el intelectual de la transición que piensa
cómo reconstruir una cultura lo hace articuladamente con la producción de
una nueva cultura política. Asimismo, pensar el lugar de la cultura en la
particular conformación de la esfera pública de la transición implica precisar
el lugar de los agentes del campo intelectual respecto de su propio campo
y del político.
De allí la importancia de estudiar el particular entramado entre política,
cultura y cultura política. Durante el período de transición comienza a verificarse
un cambio profundo en la matriz de la cultura política de la sociedad, y esto
extiende sus implicaciones hacia los modos de pensar la cultura su definición,
su función dentro del campo intelectual. Concebimos la cultura política
como el conjunto de valores, normas, actitudes, creencias que condicionan
el comportamiento político de individuos y grupos sociales.2
La cultura política es tanto el resultado de la experiencia histórica de un
país como de un continuo proceso de socialización, cristalizado a través de
instituciones como la familia, la escuela, la universidad, los medios de comunicación,
los partidos políticos, etc. En todas estas instituciones se aprenden las
pautas actitudinales que tienen un efecto directo en la forma en que los actores
sociales se relacionan con la política. Pero trabajar con una idea bastante
laxa de cultura política, en donde cabe el sentido común de una
época, las distintas formas de identidades sociales, sexuales, religiosas,
estéticas, discursivas y sus respectivas prácticas, no excluye pensarla al
mismo tiempo como la cristalización de esas orientaciones de la sociedad en
un pensamiento político concreto que puede tornarse hegemónico,
y articular institucional o informalmente a una sociedad.3
Lo anterior nos lleva a recurrir a una noción también ampliada del concepto
de cultura. Tal noción no debe concebirla como un simple derivado o manifestación
de un orden social ya constituido, sino como parte constituyente de ese orden.
Así lo piensa Raymond Williams cuando define a la cultura como el sistema
significante a través del cual un orden social puede comunicarse, investigarse,
reproducirse o cambiar.4
Cultura y cultura política se definen por una distancia y un sistema de relaciones
sociológica e históricamente variable.5
La cercanía de ambas y su mutua alimentación es producto de la particular
coyuntura transicional y eso permite que un mismo eje traspase a las dos.
¿Por qué relacionar cultura y cultura política durante la transición? Principalmente
porque el proceso de recolocación de intelectuales y artistas, así como la
redefinición de las funciones de sus prácticas durante este período, están
estrechamente ligados a la creación de nuevos dispositivos teóricos y núcleos
de debate desde los cuales pensar un orden político democrático en cuyo marco
puedan establecerse nuevas formas de cultura política e intelectual.
Nuevamente Raymond Williams nos sirve aquí para pensar que en un determinado
momento histórico es posible detectar configuraciones político-culturales
que están ubicadas en posiciones dominantes o hegemónicas, residuales,
emergentes o arcaicas.6
Junto con una manifiesta declinación de la cultura autoritaria presente,
no obstante, hasta en los microcontextos de la sociedad, la transición
volvió hegemónicas las problemáticas de una cultura política emergente, de
naturaleza democratizante, y tornó residuales aquéllas que se nucleaban en
torno a la cultura política revolucionaria, centrada en la ruptura violenta
del orden democrático, hegemónica durante los años 60 y parte de los 70. El
sector del campo cultural que realizó el viraje más significativo fue una
fracción de la izquierda intelectual y del peronismo que toman para sí esta
problemática tradicionalmente ajena a su agenda, la colocan en su centro y
generan un intenso debate. Hay que construir el consenso; éste parece ser
el desideratum del momento, aun para el campo intelectual. El consenso en
torno a un orden institucional plural y estable que conjure esa maldición
en la historia política argentina que alterna, sin consolidar, regímenes militares
y procesos de democratización. ¿Pero cómo y desde dónde construirlo?
Decíamos que si bien el primer movimiento político-cultural de la transición
fue el de la diferenciación con la cultura autoritaria, uno no menos inmediato
y necesario para la construcción del consenso democrático en el campo cultural
lo constituyó la crítica de la cultura política de los intelectuales de la
izquierda y del peronismo revolucionario de los años 60 y 70. La identidad
y la función hegemónica del intelectual se habían consolidado por esos años
alrededor de la figura del escritor comprometido y del intelectual
orgánico, cuyas ideas, valores y creencias fueron portadas por
una franja de intelectuales críticos, contestatarios
o denuncialistas que configuraron la cultura política de la nueva
izquierda.7
Oscar Terán ha trabajado ese conjunto de núcleos ideológicos que se conforman
entre 1956 y 1966 (es decir, entre la caída del peronismo y el golpe de Estado
de Onganía) fuertemente unidos a la política que, cada vez con mayor intensidad,
se irá convirtiendo en la zona dadora de sentido de toda práctica intelectual
y artística. Para Terán, es el cruce entre el existencialismo sartreano y
el marxismo el que operará como humus ideológico de la valorización
de la praxis social en detrimento de la función propiamente intelectual. La
cultura se define hegemónicamente por su función social, por su articulación
al Contorno, para decirlo con el nombre de la revista que más
claramente selló los rasgos ideológico-estéticos del período 56-66.
Pero si bien esta franja del campo intelectual estaba atenta a sus referentes
filosóficos y políticos internacionales, fue la atención a la coyuntura nacional
la que ocupó la mayor parte de su reflexión. La reflexión sobre el peronismo
vieja deuda que luego de dos períodos de gobierno y un derrocamiento
no había logrado ser saldada por los intelectuales de izquierda sin caer en
el antagonismo o en la absoluta incomprensión marca la nacionalización
de la función intelectual de esta nueva izquierda. La cultura política tanto
de los intelectuales de izquierda (inscriptos en el marxismo en sus vertientes
hegelianas, sartreanas o gramscianas) como los del campo nacional-popular
vinculados al peronismo, irá progresivamente consolidándose alrededor del
ideal revolucionario como modo de dirimir los conflictos sociales, polarizados
al extremo de no permitir la mediación de las instituciones de la democracia
liberal. Esto estuvo obviamente acompañado en el plano internacional por el
desarrollo de las teorías de la dependencia, el creciente antiimperialismo,
la opción por el tercermundismo, conjuntamente con el impulso que a estas
tendencias habían dado las guerras anticolonialistas de la segunda posguerra,
la revolución china, las guerrillas de Vietnam del Sur y, particularmente
en el caso latinoamericano, la revolución cubana, que estaba ahí para corroborar
la teoría de que la revolución debía propagarse desde la periferia del mundo
hacia sus centros.
La revolución como fundamento de toda práctica intelectual, social y política,
llevó a la conciencia de que la primera estaba subordinada necesariamente
a las otras, al punto de generar en el intelectual y el escritor contestatario
hijo de la doctrina del escritor comprometido un antiintelectualismo
en el que toda instancia reflexiva y creativa se concebía fuera de los espacios
aislados tradicionalmente para estas tareas y fuertemente vinculada a todas
las expresiones de la esfera política. La politización de la cultura, sin
embargo, no llevaba al escritor comprometido a que abandonara
del todo el campo intelectual como su escenario específico, sino a que ampliara
al máximo los límites de éste al mismo tiempo que establecía vasos comunicantes
con los demás campos de la sociedad, particularmente con los sectores populares.
Pero en el proceso que va desde la politización de la cultura hasta la militarización
de la política, se origina para los intelectuales la búsqueda de un fundamento
de legitimación que estaba fuera de su propio campo. En la mayoría de los
discursos de los escritores de la época, ya sea de la izquierda (el grupo
Contorno, Pasado y Presente, etc.) como del campo
vinculado al peronismo (Arturo Jauretche, Juan José Hernández Arreghi) puede
encontrarse, en diversas variantes, esa autoculpabilización del
intelectual en relación a su cultura política tradicional.8
Su redención vendría, entonces, en el momento en que, tomando conciencia de
su función en la sociedad, su posición cambiara hacia una comprometida con
el cambio social que, a esta altura de las convicciones, no podía sino ser
por la vía revolucionaria. Sin embargo, esto no llevaría directamente a afirmar
un aplanamiento liso y llano de la cultura en la política. En esta época como
también se verificará según otras claves teóricas en los 80 la formación
de la cultura política de los intelectuales sigue siendo una operación básicamente
generada en el campo cultural.9
Estas tendencias que venimos reseñando se configuran en la mayoría de los
temas ideológicos del peronismo revolucionario y de la izquierda radicalizada
que protagonizaron los primeros años de la década del setenta. Su represión
comienza en Argentina a partir de 1975 y su derrota es clara ya a comienzos
de 1980; de estos sectores forman parte jefes y militantes desaparecidos y
también los contingentes que marcharon al abarquillé o que permanecieron en
el país en condiciones de extrema marginalidad. La derrota y diáspora de estas
fracciones es contemporánea, en el plano internacional, con acontecimientos
y procesos que marcaron el fin de la hegemonía intelectual del socialismo
revolucionario, la crisis de la economía mundial durante los primeros años
de la década del setenta, el fracaso del Eurocomunismo, la implantación en
el Cono Sur latinoamericano de cruentos regímenes militares y las crecientes
tensiones en Europa del este.
Por otra parte, el agotamiento de los grandes metarelatos teóricos sobre el
conocimiento de la sociedad principalmente del marxismo y el cambio
social de frente a la sociedad postindustrial, permitían a los intelectuales
latinoamericanos (en un contexto social muy diferente) encontrar otras claves,
fuera de las teorías globales, para explicar el fracaso de las experiencias
de la política radicalizada y su contrapartida en las dictaduras y el autoritarismo.
Para este análisis, se recurrió a un conjunto propuestas teóricas y marcos
analíticos abiertos que no respondían a un paradigma único pero que estaban
en condiciones de ofrecer un acercamiento más abierto a problemáticas y procesos
específicos. El paradigma macro deja de ser una cómoda hoja de ruta en un
mapa teórico en que todo está ya localizado y definido para siempre;
el determinismo con el que este paradigma articula las dimensiones económicas,
políticas, sociales y culturales lo remiten a un análisis organicista en el
que no es posible trabajar las zonas de densidad y complejidad propias de
un caso particular.10
Este cambio de perspectiva en el debate político-intelectual arranca en los
últimos años de la década del 70 como resultado de la reflexión crítica en
importantes sectores intelectuales en torno a las causas y efectos de los
regímenes autoritarios instaurados en Latinoamérica. Tal reflexión se continúa
con una autocrítica de los postulados básicos de la teoría marxista clásica
promovida desde importantes sectores de la izquierda intelectual. Como resultado
de estos cuestionamientos, se abandona el concepto de lucha de clases como
única forma de explicar la dinámica social, se cuestiona la clase obrera como
único y central sujeto histórico del cambio, se realiza una crítica al estatismo
y, fundamentalmente, se renuncia a la hipótesis revolucionaria como modo de
transición al socialismo. Esta autocrítica, surgida tanto de la corroboración
del fracaso de los socialismos reales transformados en regímenes
totalitarios como del cuestionamiento a fondo de su aparato teórico, avanza
hacia una revalorización de la democracia, ya no escindida en democracia
real y democracia formal, ni considerada en su carácter
instrumentalista, sino concebida como un valor universal. A este
proceso no es ajeno el avance de las corrientes socialdemócratas y de la izquierda
reformista en varios países latinoamericanos.11
La revalorización de la democracia se produce tanto desde el exilio como desde
los sectores que permanecieron en el país aunque indudablemente bajo circunstancias
muy diferentes. Y es la apertura de la esfera pública durante la transición
y la llegada de los exiliados al país lo que permite poner en contacto circuitos
intelectuales y diferentes modos de procesar los años de la dictadura. Los
debates más encendidos de los primeros tiempos de la democratización giraron
alrededor de las polémicas entre los exiliados que regresaban y los escritores
e intelectuales que permanecieron en el país, continuando así una polémica
que se llevó a cabo durante los años de la dictadura.12
No es nuestro objeto analizar estas polémicas iniciales; quisiéramos tomarlas
más bien como signo y parte de un movimiento de mayor alcance: el reprocesamiento
de la función intelectual durante la democratización. El nuevo escenario no
es ya un espacio político hegemonizado por el autoritarismo pero, al mismo
tiempo, tampoco es un espacio frente al cual los intelectuales que provenían
del peronismo y la izquierda pudieran seguir desplegando, el mismo fundamento
revolucionario que había legitimado sus prácticas culturales, sociales y políticas
durante los años 60 y 70. La configuración de una nueva cultura política replantea
entonces las relaciones entre el intelectual y la política al tiempo que redefine
sus funciones. Como paso simultáneo se esta produciendo una profunda reestructuración
en las dos tradiciones de pensamiento que hegemonizaron el campo intelectual
argentino desde el ocaso de la tradición liberal: la izquierda y la nacional-popular.
Una reestructuración que no se lleva a cabo simultáneamente en todos los sectores,
ni siquiera en los mismos escenarios.

